¿Qué tiene que ver la contaminación con el tabaco?

Publicaba La Vanguardia hace unos días una interesante reflexión en forma de noticia en torno a la contaminación atmosférica en las ciudades y los cambios en el consumo de tabaco. ¿Y qué tienen que ver la una con la otra?

La pieza ya llevaba un titular bien explicativo: ¿Se puede copiar la estrategia antitabaco para concienciar de las emisiones del coche privado?

Recordemos el escepticismo que flotaba en el ambiente después de la primera ley antitabaco de 2006. «De ninguna manera la gente renunciará a fumar haciéndose el café», decíamos muchos. Y mirad hasta donde hemos llegado. De la misma manera hoy nos puede parecer inverosímil que los ciudadanos renuncien a disfrutar de su vehículo privado, o que lo compartan sistemáticamente con otros por el bien de la eficiencia energética, la salud pública y la calidad de vida.

El paralelismo, como bien apunta el artículo, es más que acertado. «Tenemos la contaminación por una parte, las normas de la administración… pero falta un tercer vértice para cerrar el triángulo: los ciudadanos. ¿Cómo hacer para que acepten este tipo de restricciones? », pregunta el artículo.

Desde aquí, contestamos: comunicación. Comunicación a diestro y siniestro, pública y privada. La conciencia, al fin y al cabo, se trabaja con comunicación.

¿Qué tiene que ver la contaminación con el tabaco?

Publicaba La Vanguardia hace unos días una interesante reflexión en forma de noticia en torno a la contaminación atmosférica en las ciudades y los cambios en el consumo de tabaco. ¿Y qué tienen que ver la una con la otra?

La pieza ya llevaba un titular bien explicativo: ¿Se puede copiar la estrategia antitabaco para concienciar de las emisiones del coche privado?

Recordemos el escepticismo que flotaba en el ambiente después de la primera ley antitabaco de 2006. «De ninguna manera la gente renunciará a fumar haciéndose el café», decíamos muchos. Y mirad hasta donde hemos llegado. De la misma manera hoy nos puede parecer inverosímil que los ciudadanos renuncien a disfrutar de su vehículo privado, o que lo compartan sistemáticamente con otros por el bien de la eficiencia energética, la salud pública y la calidad de vida.

El paralelismo, como bien apunta el artículo, es más que acertado. «Tenemos la contaminación por una parte, las normas de la administración… pero falta un tercer vértice para cerrar el triángulo: los ciudadanos. ¿Cómo hacer para que acepten este tipo de restricciones? », pregunta el artículo.

Desde aquí, contestamos: comunicación. Comunicación a diestro y siniestro, pública y privada. La conciencia, al fin y al cabo, se trabaja con comunicación.