Soria dimite: el problema son los hechos, nunca la comunicación

Por mal que comuniquemos nuestras acciones, el problema de fondo siempre son las acciones que han requerido una explicación, y no las palabras, el momento o la estrategia escogidos, por desafortunados que sean.

Parece lógico y obvio, y en cambio es uno de los errores más comunes en comunicación política. El último caso lo hemos visto hace unos días con la dimisión de José Manuel Soria, ex ministro de Industria, Energía y Turismo, que el político del PP atribuyó a “errores” en las “explicaciones de sus actividades empresariales” .

Después de publicarse en la prensa su supuesta implicación con los papeles de Panamá, se sucedieron días en que los detalles informativos alternaban con explicaciones a medias y contradicciones del ex ministro.

Finalmente, Soria presentó su dimisión. En el comunicado decía así:

A la luz de la sucesión de los errores cometidos a lo largo de los últimos días, en relación a mis explicaciones de mis actividades empresariales anteriores a mi entrada en política en 1995, debidos a la falta de información precisa sobre hechos que ocurrieron hace más de veinte años; sin perjuicio de que ninguna de tales actividades empresariales haya tenido relación ni vínculo de tipo alguno con el ejercicio de tales responsabilidades políticas; considerando el daño evidente que esta situación está causando al Gobierno de España, al Partido Popular, a mis compañeros de militancia y a los votantes, singularmente grave en el momento político actual, comunico que, tras conversación con el presidente del Gobierno, le he trasladado mi decisión irrevocable de presentar mi renuncia expresa a las funciones que como ministro de Industria, Energía y Turismo tengo encomendadas desde el pasado día 21 de diciembre“.

Excusen la parrafada. Lo decía así, todo en una sola y única oración. Aunque reconoce no haberse explicado bien, tampoco el comunicado trata de esclarecer los hechos o justificarlos, y el estilo enrevesado del texto, con un aire casi legislativo, tampoco ayuda a transmitir una actitud honrada de querer explicarse y ser entendido. De las primeras reacciones exculpatorias de Soria a las informaciones en tono de «no me planteo la dimisión», hasta su dimisión, tras verse atrapado por los documentos que lo vinculan a paraísos fiscales, sólo pasaron tres días.

La idea de la comunicación como razón para la dimisión es engañosa y falaz. Si bien es cierto que la comunicación a menudo no es tarea fácil, si la acción cometida es justificable y se hace un esfuerzo para explicar honradamente las razones y el contexto, al final a menudo se comprende y, con penalización o sin ella, se ” perdona “. Si la acción, en cambio, es injustificable y se utiliza la comunicación para negarla, ocultarla y hacerla olvidar, estamos añadiendo leña al fuego de un castillo que previsiblemente acabará por derrumbarse.

Si además el protagonista del caso es un cargo público, la necesidad de explicaciones se multiplica, no por el daño que se pueda hacer a un determinado partido o gobierno, sino para rendir cuentas a la ciudadanía que delega el poder, y para preservar los principios de transparencia y confianza fundamentales para el buen funcionamiento político y social. Como dice el mismo Soria al final del comunicado, después de decir que deja “todo tipo de actividad política”:

La política es una actividad que debe ser en todo momento ejemplar también en la pedagogía y en las explicaciones. Cuando así no ocurre, deben asumirse las responsabilidades correspondientes“.

En resumen, es importante cómo comunicamos, pero más importante es lo que hacemos. Más allá de si es buen comunicador o no, lo que importa es si Soria es un defraudador de la hacienda pública.

Soria dimite: el problema son los hechos, nunca la comunicación

Por mal que comuniquemos nuestras acciones, el problema de fondo siempre son las acciones que han requerido una explicación, y no las palabras, el momento o la estrategia escogidos, por desafortunados que sean.

Parece lógico y obvio, y en cambio es uno de los errores más comunes en comunicación política. El último caso lo hemos visto hace unos días con la dimisión de José Manuel Soria, ex ministro de Industria, Energía y Turismo, que el político del PP atribuyó a “errores” en las “explicaciones de sus actividades empresariales” .

Después de publicarse en la prensa su supuesta implicación con los papeles de Panamá, se sucedieron días en que los detalles informativos alternaban con explicaciones a medias y contradicciones del ex ministro.

Finalmente, Soria presentó su dimisión. En el comunicado decía así:

A la luz de la sucesión de los errores cometidos a lo largo de los últimos días, en relación a mis explicaciones de mis actividades empresariales anteriores a mi entrada en política en 1995, debidos a la falta de información precisa sobre hechos que ocurrieron hace más de veinte años; sin perjuicio de que ninguna de tales actividades empresariales haya tenido relación ni vínculo de tipo alguno con el ejercicio de tales responsabilidades políticas; considerando el daño evidente que esta situación está causando al Gobierno de España, al Partido Popular, a mis compañeros de militancia y a los votantes, singularmente grave en el momento político actual, comunico que, tras conversación con el presidente del Gobierno, le he trasladado mi decisión irrevocable de presentar mi renuncia expresa a las funciones que como ministro de Industria, Energía y Turismo tengo encomendadas desde el pasado día 21 de diciembre“.

Excusen la parrafada. Lo decía así, todo en una sola y única oración. Aunque reconoce no haberse explicado bien, tampoco el comunicado trata de esclarecer los hechos o justificarlos, y el estilo enrevesado del texto, con un aire casi legislativo, tampoco ayuda a transmitir una actitud honrada de querer explicarse y ser entendido. De las primeras reacciones exculpatorias de Soria a las informaciones en tono de «no me planteo la dimisión», hasta su dimisión, tras verse atrapado por los documentos que lo vinculan a paraísos fiscales, sólo pasaron tres días.

La idea de la comunicación como razón para la dimisión es engañosa y falaz. Si bien es cierto que la comunicación a menudo no es tarea fácil, si la acción cometida es justificable y se hace un esfuerzo para explicar honradamente las razones y el contexto, al final a menudo se comprende y, con penalización o sin ella, se ” perdona “. Si la acción, en cambio, es injustificable y se utiliza la comunicación para negarla, ocultarla y hacerla olvidar, estamos añadiendo leña al fuego de un castillo que previsiblemente acabará por derrumbarse.

Si además el protagonista del caso es un cargo público, la necesidad de explicaciones se multiplica, no por el daño que se pueda hacer a un determinado partido o gobierno, sino para rendir cuentas a la ciudadanía que delega el poder, y para preservar los principios de transparencia y confianza fundamentales para el buen funcionamiento político y social. Como dice el mismo Soria al final del comunicado, después de decir que deja “todo tipo de actividad política”:

La política es una actividad que debe ser en todo momento ejemplar también en la pedagogía y en las explicaciones. Cuando así no ocurre, deben asumirse las responsabilidades correspondientes“.

En resumen, es importante cómo comunicamos, pero más importante es lo que hacemos. Más allá de si es buen comunicador o no, lo que importa es si Soria es un defraudador de la hacienda pública.