Vacaciones, móvil y ansiedades: un mundo de tecnología adictiva

‘Vacaciones’ significa desconexión. Desconexión del trabajo, claro, pero también de la rutina y de los hábitos propios. Significa cambiar de espacios y tener tiempo para dedicarse a “otras cosas”, las que sean. Pero hay unos hábitos que llevamos en el bolsillo, que cada vez nos toman más tiempo y de los que es difícil desconectar: ​​las aplicaciones del móvil.

Es habitual sentir ansiedad o miedo si olvidamos el teléfono en casa, y cada vez hay más gente que pasa los primeros y los últimos momentos del día haciendo resbalar el dedo sobre la pantalla: puede que no tengamos mensajes ni notificaciones, sólo hacemos “scroll” , ignorando nuestro entorno inmediato. Médicos y psicólogos ya han advertido de los peligros de pasar demasiado tiempo con la nariz pegada a la pantalla. La sobreexposición digital causa una sigilosa adicción, difícil de detectar y aceptar, quizá porque, en medidas diferentes, afecta a una grandísima parte de la población.

“Es por el trabajo”

A menudo esta adicción se disfraza de responsabilidad: la familia, el trabajo… En Estados Unidos, donde ya hace unos años que saltaron las alarmas, señalan dos perfiles que siguen esta pauta. Uno es el de los “mártires del trabajo” (work martyrs), que incluso llegan a no cogerse vacaciones “porque nadie puede sustituirme” o porque “prefiero trabajar que encontrarme el caos al regresar”. En muchos casos estas afirmaciones son ciertas, pero en otros, especialmente en trabajadores jóvenes que se han incorporado recientemente al mercado laboral, lo que hay detrás es más bien miedo a pensar que no somos imprescindibles, o a mostrar poca dedicación.

Otro perfil habitual con dificultad para desconectar son los llamados FOMO ( ‘Fear of Missing Out’), personas que tienen tanto miedo a perderse algo) que llevan el móvil detrás vayan donde vayan, y duermen con el dispositivo a mano, no sea ​​que.

Tecnología diseñada para enganchar

Tranquilos, no estamos locos, la urgencia de consultar el teléfono es natural e incluso provocada, como apunta el ex diseñador de aplicaciones para Google Tristan Harris, que hace unos años fundó la iniciativa Time Well Spent (tiempo bien utilizado ) para concienciar sobre la gran cantidad de tiempo que invertimos en el móvil. Harris señala que las aplicaciones, productos y compañías digitales ganan dinero gracias a nuestro tiempo. Es la economía de la atención.

Esta gran adicción colectiva, según Harris, ha sido provocada. Aunque la situación laboral y las carencias emocionales pueden hacer más grave la situación, el principal problema no son las personas, sino la misma tecnología, diseñada con cuidado para manipular la psicología humana, para controlarnos y hacernos llevar la punta del dedo hacia los iconos de las aplicaciones mucho más a menudo de lo que sería necesario, mucho más a menudo de lo que quisiéramos.

Recuperar el control

Las nuevas tecnologías deben estar al servicio de las personas. Esto es lo que piensa Harris, que lidera un movimiento para cambiar los fundamentos del diseño de aplicaciones. La idea es convencer a los ingenieros de Silicon Valley de que se comprometan a respectar una especie de código ético del software, para minimizar las prácticas actuales en las que se explotan las vulnerabilidades psicológicas de las personas para hacerlas pasar más tiempo en las aplicaciones. De este modo, los usuarios recuperarían el control del uso de los dispositivos digitales, y de su tiempo.

Lejos de renunciar a la tecnología, Harris tiene una visión en la que ésta tiene un papel más noble. En lugar de pasar el tiempo distraídos por el móvil, como ocurre actualmente, podríamos tener en las manos instrumentos tecnológicos que nos ayudasen  a sacar el máximo provecho de nuestro tiempo y nuestras habilidades.

Vacaciones, móvil y ansiedades: un mundo de tecnología adictiva

‘Vacaciones’ significa desconexión. Desconexión del trabajo, claro, pero también de la rutina y de los hábitos propios. Significa cambiar de espacios y tener tiempo para dedicarse a “otras cosas”, las que sean. Pero hay unos hábitos que llevamos en el bolsillo, que cada vez nos toman más tiempo y de los que es difícil desconectar: ​​las aplicaciones del móvil.

Es habitual sentir ansiedad o miedo si olvidamos el teléfono en casa, y cada vez hay más gente que pasa los primeros y los últimos momentos del día haciendo resbalar el dedo sobre la pantalla: puede que no tengamos mensajes ni notificaciones, sólo hacemos “scroll” , ignorando nuestro entorno inmediato. Médicos y psicólogos ya han advertido de los peligros de pasar demasiado tiempo con la nariz pegada a la pantalla. La sobreexposición digital causa una sigilosa adicción, difícil de detectar y aceptar, quizá porque, en medidas diferentes, afecta a una grandísima parte de la población.

“Es por el trabajo”

A menudo esta adicción se disfraza de responsabilidad: la familia, el trabajo… En Estados Unidos, donde ya hace unos años que saltaron las alarmas, señalan dos perfiles que siguen esta pauta. Uno es el de los “mártires del trabajo” (work martyrs), que incluso llegan a no cogerse vacaciones “porque nadie puede sustituirme” o porque “prefiero trabajar que encontrarme el caos al regresar”. En muchos casos estas afirmaciones son ciertas, pero en otros, especialmente en trabajadores jóvenes que se han incorporado recientemente al mercado laboral, lo que hay detrás es más bien miedo a pensar que no somos imprescindibles, o a mostrar poca dedicación.

Otro perfil habitual con dificultad para desconectar son los llamados FOMO ( ‘Fear of Missing Out’), personas que tienen tanto miedo a perderse algo) que llevan el móvil detrás vayan donde vayan, y duermen con el dispositivo a mano, no sea ​​que.

Tecnología diseñada para enganchar

Tranquilos, no estamos locos, la urgencia de consultar el teléfono es natural e incluso provocada, como apunta el ex diseñador de aplicaciones para Google Tristan Harris, que hace unos años fundó la iniciativa Time Well Spent (tiempo bien utilizado ) para concienciar sobre la gran cantidad de tiempo que invertimos en el móvil. Harris señala que las aplicaciones, productos y compañías digitales ganan dinero gracias a nuestro tiempo. Es la economía de la atención.

Esta gran adicción colectiva, según Harris, ha sido provocada. Aunque la situación laboral y las carencias emocionales pueden hacer más grave la situación, el principal problema no son las personas, sino la misma tecnología, diseñada con cuidado para manipular la psicología humana, para controlarnos y hacernos llevar la punta del dedo hacia los iconos de las aplicaciones mucho más a menudo de lo que sería necesario, mucho más a menudo de lo que quisiéramos.

Recuperar el control

Las nuevas tecnologías deben estar al servicio de las personas. Esto es lo que piensa Harris, que lidera un movimiento para cambiar los fundamentos del diseño de aplicaciones. La idea es convencer a los ingenieros de Silicon Valley de que se comprometan a respectar una especie de código ético del software, para minimizar las prácticas actuales en las que se explotan las vulnerabilidades psicológicas de las personas para hacerlas pasar más tiempo en las aplicaciones. De este modo, los usuarios recuperarían el control del uso de los dispositivos digitales, y de su tiempo.

Lejos de renunciar a la tecnología, Harris tiene una visión en la que ésta tiene un papel más noble. En lugar de pasar el tiempo distraídos por el móvil, como ocurre actualmente, podríamos tener en las manos instrumentos tecnológicos que nos ayudasen  a sacar el máximo provecho de nuestro tiempo y nuestras habilidades.