01 abril 2025
Populismo, espectáculo y pulsión de muerte. ¿La nueva normalidad en la comunicación política?
Sigmund Freud definió dos grandes fuerzas que gobiernan el comportamiento humano: la pulsión de vida, que impulsa la creación, la conexión y la supervivencia, y la pulsión de muerte, que tiende hacia la destrucción, la repetición traumática y la autodestrucción. Aunque este concepto se desarrolló inicialmente en el plano individual, ha sido reinterpretado en el ámbito político para explicar dinámicas como el totalitarismo, la crisis democrática, el uso de la violencia o el autosabotaje institucional.
Hoy, la política estadounidense bajo la nueva administración Trump parece guiada por una pulsión de muerte estructural, donde la erosión institucional, la destrucción de alianzas y la desmoralización social no son consecuencias accidentales, sino herramientas de gobierno. La escenificación pública de la reunión entre Donald Trump y Volodímir Zelenski en la Casa Blanca es una muestra clara de cómo esta pulsión de muerte se traduce en estrategias de comunicación y relaciones públicas.
Totalitarismo y destrucción institucional
Hannah Arendt advirtió que los regímenes totalitarios no solo gobiernan mediante la represión, sino que también erosionan las instituciones para someter a la sociedad al caos. Trump ha aplicado esta lógica en su comunicación política desde su primera presidencia, pero ahora la lleva aún más lejos. La reunión con Zelenski fue más que un acto diplomático: fue una puesta en escena pública en la que el líder ucraniano fue ridiculizado y desautorizado ante las cámaras. Esta estrategia no solo debilita a Ucrania, sino que proyecta la imagen de un mundo donde las alianzas son prescindibles y el poder se basa en la fuerza y la humillación.
Además, este episodio forma parte de una tendencia más amplia: la normalización de la farsa como categoría política. La rueda de prensa no intentó disimular nada, no hubo ningún esfuerzo por fingir diplomacia o credibilidad. Todo fue una coreografía descarada donde el mensaje no era lo que se decía, sino cómo se decía. La política se ha convertido en un espectáculo donde la destrucción pública del adversario —sea interno o externo— es el principal recurso de comunicación.
Neoliberalismo y crisis democrática
Mark Fisher describió el realismo capitalista como la idea de que el capitalismo es el único sistema posible, incluso cuando conduce a crisis constantes. En el campo de la comunicación política, esta lógica se traduce en el uso de las relaciones públicas no para resolver problemas, sino para gestionar el colapso como si fuera inevitable. La reunión Trump-Zelenski encaja en esta estrategia: no se concibió como un intento de negociación, sino como una escenificación del fracaso diplomático como normalidad.
Necropolítica y el poder de decidir quién vive y quién muere
Achille Mbembe desarrolló el concepto de necropolítica para describir cómo los Estados ejercen el poder a través de la muerte, ya sea por acción o por inacción. Trump convirtió la reunión con Zelenski en una demostración pública de este mecanismo: en lugar de reafirmar el apoyo a Ucrania, utilizó el acto para enviar un mensaje a Putin y a la comunidad internacional. La supervivencia de Ucrania no es una cuestión de principios, sino una moneda de cambio en el juego de poder global. Esta posición no solo debilita a Zelenski, sino que abre la puerta a una reconfiguración geopolítica donde los regímenes autoritarios tienen mayor margen de actuación.
Populismo y autodestrucción democrática
La pulsión de muerte no se manifiesta solo en la destrucción del enemigo, sino también en el autosabotaje de la democracia. Pero este mecanismo no es exclusivo de un espectro ideológico: el populismo, tanto de derechas como de izquierdas, opera con la misma lógica destructiva. No se trata de construir un modelo alternativo, sino de dinamitar el debate, reducirlo a una confrontación entre blancos y negros y evitar toda complejidad. La política se transforma en un relato binario: amigos o enemigos, traición o lealtad absoluta. Esta simplificación extrema se impone tanto en el discurso como en la estrategia de comunicación, anulando cualquier posibilidad de debate racional.
El caso de Trump y Zelenski ejemplifica este fenómeno a la perfección. No hubo diplomacia, ni negociación, ni voluntad de diálogo. Solo había un espectáculo diseñado para humillar en directo. Es la versión política de un «reality show» donde el conflicto no solo no se resuelve, sino que se convierte en el centro de la estrategia comunicativa. En este escenario, no importa tanto lo que se dice como el tono, la exageración, la exhibición de fuerza y la capacidad de destruir públicamente al adversario.
Estados Unidos no solo está abandonando a Ucrania, sino que está marcando el camino hacia una nueva fase de confrontación global. Esta nueva política no se basa en la construcción de un orden alternativo, sino en su pura y simple destrucción. Las relaciones públicas y la comunicación política, a menudo, ya no se utilizan para dar forma a un proyecto político, sino para escenificar el colapso como una estrategia de poder. La política de la pulsión de muerte amenaza con dejar de ser un riesgo latente para convertirse en la norma.
¿Aún estamos a tiempo de revertir esta tendencia?
La comunicación política no debe ser una herramienta de destrucción, sino un espacio para generar consensos y proyectos de futuro. Los profesionales de la política y la comunicación tenemos la responsabilidad de recuperar el valor del debate, la complejidad y el rigor.
Es necesario exigir estrategias que no reduzcan la política a un espectáculo vacío, sino que la transformen en una herramienta para fortalecer democracias, reconstruir la confianza y fomentar soluciones reales. Cómo comuniquemos la política hoy determinará el mundo en el que viviremos mañana. El reto no es menor.
01 abril 2025
Populismo, espectáculo y pulsión de muerte. ¿La nueva normalidad en la comunicación política?
Sigmund Freud definió dos grandes fuerzas que gobiernan el comportamiento humano: la pulsión de vida, que impulsa la creación, la conexión y la supervivencia, y la pulsión de muerte, que tiende hacia la destrucción, la repetición traumática y la autodestrucción. Aunque este concepto se desarrolló inicialmente en el plano individual, ha sido reinterpretado en el ámbito político para explicar dinámicas como el totalitarismo, la crisis democrática, el uso de la violencia o el autosabotaje institucional.
Hoy, la política estadounidense bajo la nueva administración Trump parece guiada por una pulsión de muerte estructural, donde la erosión institucional, la destrucción de alianzas y la desmoralización social no son consecuencias accidentales, sino herramientas de gobierno. La escenificación pública de la reunión entre Donald Trump y Volodímir Zelenski en la Casa Blanca es una muestra clara de cómo esta pulsión de muerte se traduce en estrategias de comunicación y relaciones públicas.
Totalitarismo y destrucción institucional
Hannah Arendt advirtió que los regímenes totalitarios no solo gobiernan mediante la represión, sino que también erosionan las instituciones para someter a la sociedad al caos. Trump ha aplicado esta lógica en su comunicación política desde su primera presidencia, pero ahora la lleva aún más lejos. La reunión con Zelenski fue más que un acto diplomático: fue una puesta en escena pública en la que el líder ucraniano fue ridiculizado y desautorizado ante las cámaras. Esta estrategia no solo debilita a Ucrania, sino que proyecta la imagen de un mundo donde las alianzas son prescindibles y el poder se basa en la fuerza y la humillación.
Además, este episodio forma parte de una tendencia más amplia: la normalización de la farsa como categoría política. La rueda de prensa no intentó disimular nada, no hubo ningún esfuerzo por fingir diplomacia o credibilidad. Todo fue una coreografía descarada donde el mensaje no era lo que se decía, sino cómo se decía. La política se ha convertido en un espectáculo donde la destrucción pública del adversario —sea interno o externo— es el principal recurso de comunicación.
Neoliberalismo y crisis democrática
Mark Fisher describió el realismo capitalista como la idea de que el capitalismo es el único sistema posible, incluso cuando conduce a crisis constantes. En el campo de la comunicación política, esta lógica se traduce en el uso de las relaciones públicas no para resolver problemas, sino para gestionar el colapso como si fuera inevitable. La reunión Trump-Zelenski encaja en esta estrategia: no se concibió como un intento de negociación, sino como una escenificación del fracaso diplomático como normalidad.
Necropolítica y el poder de decidir quién vive y quién muere
Achille Mbembe desarrolló el concepto de necropolítica para describir cómo los Estados ejercen el poder a través de la muerte, ya sea por acción o por inacción. Trump convirtió la reunión con Zelenski en una demostración pública de este mecanismo: en lugar de reafirmar el apoyo a Ucrania, utilizó el acto para enviar un mensaje a Putin y a la comunidad internacional. La supervivencia de Ucrania no es una cuestión de principios, sino una moneda de cambio en el juego de poder global. Esta posición no solo debilita a Zelenski, sino que abre la puerta a una reconfiguración geopolítica donde los regímenes autoritarios tienen mayor margen de actuación.
Populismo y autodestrucción democrática
La pulsión de muerte no se manifiesta solo en la destrucción del enemigo, sino también en el autosabotaje de la democracia. Pero este mecanismo no es exclusivo de un espectro ideológico: el populismo, tanto de derechas como de izquierdas, opera con la misma lógica destructiva. No se trata de construir un modelo alternativo, sino de dinamitar el debate, reducirlo a una confrontación entre blancos y negros y evitar toda complejidad. La política se transforma en un relato binario: amigos o enemigos, traición o lealtad absoluta. Esta simplificación extrema se impone tanto en el discurso como en la estrategia de comunicación, anulando cualquier posibilidad de debate racional.
El caso de Trump y Zelenski ejemplifica este fenómeno a la perfección. No hubo diplomacia, ni negociación, ni voluntad de diálogo. Solo había un espectáculo diseñado para humillar en directo. Es la versión política de un «reality show» donde el conflicto no solo no se resuelve, sino que se convierte en el centro de la estrategia comunicativa. En este escenario, no importa tanto lo que se dice como el tono, la exageración, la exhibición de fuerza y la capacidad de destruir públicamente al adversario.
Estados Unidos no solo está abandonando a Ucrania, sino que está marcando el camino hacia una nueva fase de confrontación global. Esta nueva política no se basa en la construcción de un orden alternativo, sino en su pura y simple destrucción. Las relaciones públicas y la comunicación política, a menudo, ya no se utilizan para dar forma a un proyecto político, sino para escenificar el colapso como una estrategia de poder. La política de la pulsión de muerte amenaza con dejar de ser un riesgo latente para convertirse en la norma.
¿Aún estamos a tiempo de revertir esta tendencia?
La comunicación política no debe ser una herramienta de destrucción, sino un espacio para generar consensos y proyectos de futuro. Los profesionales de la política y la comunicación tenemos la responsabilidad de recuperar el valor del debate, la complejidad y el rigor.
Es necesario exigir estrategias que no reduzcan la política a un espectáculo vacío, sino que la transformen en una herramienta para fortalecer democracias, reconstruir la confianza y fomentar soluciones reales. Cómo comuniquemos la política hoy determinará el mundo en el que viviremos mañana. El reto no es menor.