Nixon contra Kennedy

1226 de septiembre de 1960. Noche vespertina en Chicago (Illinois). Se iluminan los focos, los nervios se palpan en el ambiente y huele a colilla de cigarrillo. Dos candidatos a la presidencia de los Estados Unidos están a punto de entrar en plató. No faltan ni cinco minutos para que se retransmita por televisión el primer debate presidencial de la historia. setembre de 1960. Nit vespertina a Chicago (Illinois).

Por un lado llega el republicano Richard M. Nixon, vicepresidente de los Estados Unidos bajo las órdenes del implacable Dwight D. Eisenhower. Por el otro, el inexperto candidato demócrata John F. Kennedy. Sólo lleva una legislatura como senador de Massachusetts en sus espaldas, pero ya compite por el cargo más importante. Una hora más tarde no sólo habrá cambiado la forma como entendemos la comunicación política, sino también la historia de Estados Unidos.

Lincoln y Kenned, tú a Illinois y yo a Massachussets

El lugar y la fecha no son casuales. Cien años atrás Abraham Lincoln y Stephen Douglas protagonizaron uno de los debates más emblemáticos para ser senador de Illinois. Kennedy, consciente de la efeméride, sabe aprovecharlo para parafrasear Lincoln en su primer turno de palabra: «En 1860 Abraham Lincoln dijo que una nación podía existir semiesclava o semilibre. En estas elecciones de 1960 la cuestión es si el mundo avanza hacia la libertado o hacia la esclavitud».

Dos noches atrás Kennedy se había preparado para el debate mientras se bronceaba en la cubierta del hotel dónde se alojaba. Ted Sorensen, asistente en los discursos de Kennedy, se encargaba de lanzarle preguntas al vuelo mientras tomaba el sol con sus icónicas gafas de sol. Paseando arriba y abajo con los tarjetones de respuesta en sus manos. El mismo Sorensen afirmó que «sabíamos que sería importante, pero no teníamos ni idea que acabaría resultando fundamental».

Un zombie recalentado

Los dos candidatos se presentaron en los estudios de la CBS (Columbia Broadcasting System) sin ser conscientes del impacto y repercusión que tendrá en el público su participación en el debate.

 

Don Hewitt, productor del debate, había hecho llevar un maquillador profesional expresamente desde Nueva York, pero tanto Kennedy como Nixon prescindieron de sus servicios. Lo que no previeron es que Nixon llegó primero al debate con el rostro sudado, pálido y febril mientras Kennedy lucía un bronceado más propio de las costas californianas que de su Boston natal.

El staff que asesoraba Nixon no podía dejarlo salir con ese aspecto y decidieron en último minuto embadurnarle la cara con loción de afeitar. Fue peor el remedio que la enfermedad. En palabras de Hewitt, Nixon «parecía un zombie recalentado». Cuando el foco puso la atención sobre Nixon, empezó a sudar y a deshacerse la loción. El vicepresidente no paró de sacarse su pañuelo durante sus intervenciones para intentar frenar aquel despropósito. El propio alcalde de Chicago, Richard J. Daley, se preguntó si a Nixon «le habían embalsamado antes de morir».

La caja tonta

Sesenta minutos para cambiar la historia comunicativa de un país. El programa de televisión más visto en 1960. El primer debate entre dos de los hombre liderarían la primera potencia mundial en los momentos más cruciales de la Guerra Fría. Y seguramente nadie recuerda de qué hablaron. Pero sí de cómo se desarrolló.

Kennedy dominó el medio desde el primer momento. Miraba directamente a cámara, buscando el contacto visual con el espectador. Nixon, por contra, estaba más pendiente de los reporteros que tenía delante que de las cámaras que le enfocaban. Los dos personajes eran carismáticos, pero la poca habilidad de Nixon para dirigirse al público, sumado a su apariencia física, resultaron determinantes. Tal como recogen las páginas interiores del New York Times, el días después del debate «parecía que estuvieran más preocupados de como proyectar su imagen frente a 75 millones de espectadores que de la fuerza y contenido de lo que decían».

La televisión hacía muy poco que se había asentado en los comedores de casa. Su presencia intimidaba. Ambos candidatos tenían que encontrar la fórmula para dirigirse al público y ganar su voto. Por eso sorprenden algunas cosas en la actualidad, como la cordialidad entre los dos contendientes a lo largo del debate y la tendencia a darse la razón mutuamente.

And the winner is…

Durante la noche del 26 de septiembre, unos 75 millones de espectadores (el 60% de la población adulta) se pasaron por el debate en algún momento. 5.000 veces más que los que escucharon al, por entonces, debate más mediático de Estados Unidos: Lincoln contra Douglas.

En un primer momento el New York Times publicó que «la mayoría de espectadores dan a Kennedy la victoria», pero que «ninguno de los dos ha sabido atraer el electorado de su contrincante». Lo que marcaría la diferencia sería la atracción que generó la desconocida figura de Kennedy frente a la de Nixon. Los indecisos se decantaban por el empate o por el propio Kennedy antes que por Nixon.

Punto de inflexión

Ocho años de vicepresidencia en uno de los mandatos más complicados para la Guerra Fría quedaron eclipsados por la escasa hora que duró el debate. La actitud de Kennedy y la imagen que transmitió en su primera aparición impactaron en los resultados electorales del 8 de noviembre de 1960 y catapultaron el ídolo a la opinión pública. Kennedy ganó aquellas elecciones por un 49,7% de los votos frente al 49,5% de Nixon. Un 0,2% de diferencia. Según los sondeos, un 44% de los votantes dieron importancia al debate a la hora de elegir, mientras que un 6% basó su voto sólo por la actuación en el debate. ¿Hasta que punto resultó determinante?

Lo que sí podemos saber es que hicieron falta 16 años para repetir la experiencia. El sucesor de Kennedy, Lyndon B. Johnson no se atrevió a aparecer en pantalla por el temor a las comparativas con la figura de JFK. Nixon tampoco. Les intimidaba demasiado. Sólo el escándalo del Watergate forzó a que Gerald Ford realizara un debate electoral para recuperar la imagen del partido republicano.

El periodista James Reston resumió que el gran debate no fue ni grande, ni debate, pero permitió visualizar la persona que se esconde tras el político.

Nixon contra Kennedy

1226 de septiembre de 1960. Noche vespertina en Chicago (Illinois). Se iluminan los focos, los nervios se palpan en el ambiente y huele a colilla de cigarrillo. Dos candidatos a la presidencia de los Estados Unidos están a punto de entrar en plató. No faltan ni cinco minutos para que se retransmita por televisión el primer debate presidencial de la historia. setembre de 1960. Nit vespertina a Chicago (Illinois).

Por un lado llega el republicano Richard M. Nixon, vicepresidente de los Estados Unidos bajo las órdenes del implacable Dwight D. Eisenhower. Por el otro, el inexperto candidato demócrata John F. Kennedy. Sólo lleva una legislatura como senador de Massachusetts en sus espaldas, pero ya compite por el cargo más importante. Una hora más tarde no sólo habrá cambiado la forma como entendemos la comunicación política, sino también la historia de Estados Unidos.

Lincoln y Kenned, tú a Illinois y yo a Massachussets

El lugar y la fecha no son casuales. Cien años atrás Abraham Lincoln y Stephen Douglas protagonizaron uno de los debates más emblemáticos para ser senador de Illinois. Kennedy, consciente de la efeméride, sabe aprovecharlo para parafrasear Lincoln en su primer turno de palabra: «En 1860 Abraham Lincoln dijo que una nación podía existir semiesclava o semilibre. En estas elecciones de 1960 la cuestión es si el mundo avanza hacia la libertado o hacia la esclavitud».

Dos noches atrás Kennedy se había preparado para el debate mientras se bronceaba en la cubierta del hotel dónde se alojaba. Ted Sorensen, asistente en los discursos de Kennedy, se encargaba de lanzarle preguntas al vuelo mientras tomaba el sol con sus icónicas gafas de sol. Paseando arriba y abajo con los tarjetones de respuesta en sus manos. El mismo Sorensen afirmó que «sabíamos que sería importante, pero no teníamos ni idea que acabaría resultando fundamental».

Un zombie recalentado

Los dos candidatos se presentaron en los estudios de la CBS (Columbia Broadcasting System) sin ser conscientes del impacto y repercusión que tendrá en el público su participación en el debate.

 

Don Hewitt, productor del debate, había hecho llevar un maquillador profesional expresamente desde Nueva York, pero tanto Kennedy como Nixon prescindieron de sus servicios. Lo que no previeron es que Nixon llegó primero al debate con el rostro sudado, pálido y febril mientras Kennedy lucía un bronceado más propio de las costas californianas que de su Boston natal.

El staff que asesoraba Nixon no podía dejarlo salir con ese aspecto y decidieron en último minuto embadurnarle la cara con loción de afeitar. Fue peor el remedio que la enfermedad. En palabras de Hewitt, Nixon «parecía un zombie recalentado». Cuando el foco puso la atención sobre Nixon, empezó a sudar y a deshacerse la loción. El vicepresidente no paró de sacarse su pañuelo durante sus intervenciones para intentar frenar aquel despropósito. El propio alcalde de Chicago, Richard J. Daley, se preguntó si a Nixon «le habían embalsamado antes de morir».

La caja tonta

Sesenta minutos para cambiar la historia comunicativa de un país. El programa de televisión más visto en 1960. El primer debate entre dos de los hombre liderarían la primera potencia mundial en los momentos más cruciales de la Guerra Fría. Y seguramente nadie recuerda de qué hablaron. Pero sí de cómo se desarrolló.

Kennedy dominó el medio desde el primer momento. Miraba directamente a cámara, buscando el contacto visual con el espectador. Nixon, por contra, estaba más pendiente de los reporteros que tenía delante que de las cámaras que le enfocaban. Los dos personajes eran carismáticos, pero la poca habilidad de Nixon para dirigirse al público, sumado a su apariencia física, resultaron determinantes. Tal como recogen las páginas interiores del New York Times, el días después del debate «parecía que estuvieran más preocupados de como proyectar su imagen frente a 75 millones de espectadores que de la fuerza y contenido de lo que decían».

La televisión hacía muy poco que se había asentado en los comedores de casa. Su presencia intimidaba. Ambos candidatos tenían que encontrar la fórmula para dirigirse al público y ganar su voto. Por eso sorprenden algunas cosas en la actualidad, como la cordialidad entre los dos contendientes a lo largo del debate y la tendencia a darse la razón mutuamente.

And the winner is…

Durante la noche del 26 de septiembre, unos 75 millones de espectadores (el 60% de la población adulta) se pasaron por el debate en algún momento. 5.000 veces más que los que escucharon al, por entonces, debate más mediático de Estados Unidos: Lincoln contra Douglas.

En un primer momento el New York Times publicó que «la mayoría de espectadores dan a Kennedy la victoria», pero que «ninguno de los dos ha sabido atraer el electorado de su contrincante». Lo que marcaría la diferencia sería la atracción que generó la desconocida figura de Kennedy frente a la de Nixon. Los indecisos se decantaban por el empate o por el propio Kennedy antes que por Nixon.

Punto de inflexión

Ocho años de vicepresidencia en uno de los mandatos más complicados para la Guerra Fría quedaron eclipsados por la escasa hora que duró el debate. La actitud de Kennedy y la imagen que transmitió en su primera aparición impactaron en los resultados electorales del 8 de noviembre de 1960 y catapultaron el ídolo a la opinión pública. Kennedy ganó aquellas elecciones por un 49,7% de los votos frente al 49,5% de Nixon. Un 0,2% de diferencia. Según los sondeos, un 44% de los votantes dieron importancia al debate a la hora de elegir, mientras que un 6% basó su voto sólo por la actuación en el debate. ¿Hasta que punto resultó determinante?

Lo que sí podemos saber es que hicieron falta 16 años para repetir la experiencia. El sucesor de Kennedy, Lyndon B. Johnson no se atrevió a aparecer en pantalla por el temor a las comparativas con la figura de JFK. Nixon tampoco. Les intimidaba demasiado. Sólo el escándalo del Watergate forzó a que Gerald Ford realizara un debate electoral para recuperar la imagen del partido republicano.

El periodista James Reston resumió que el gran debate no fue ni grande, ni debate, pero permitió visualizar la persona que se esconde tras el político.